El Servirsen Gastronomía

Ana María

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Cuando uno va a comer a un local, un buen local, un tesoro escondido que te gustó, y en la mitad de tu comida aparece el dueño o la dueña, es como si entrara Don Francisco. Es muy emocionante estar con el responsable del maravilloso platillo que te estás comiendo.

Recuerdo cuando en los EEUU estaba sentada en el famosísimo restaurant Kat´s comiéndome un sandwich de pastrami más grande que mi abdomen. De repente entró un señor embarazado de 89 meses, levantó su mano de empanada y le llegó un pastrami de inmediato. Un mozo me contó que era el dueño y me puse muy nerviosa, no sabía si ir a pedirle un autógrafo o simplemente contemplarlo. Escogí lo segundo. Se comió su asunto en 1 minuto exacto, saludó a un par de mesas y se esfumó.

Me pasó lo mismo cuando la dueña del Ana María Restaurant, la señora Ana María, que posee todas las carnes que se le ocurran a uno, nos fue a saludar a la mesa. Me sentí muy importante, miré a mí alrededor para pavonearme de que la dueña era nuestra amiga. Después me enteré que con el personal eran familiares. Mientras comía mi avestruz acompañada de un vino tinto de la casa, pensé: “Que gusto dan los negocios familiares, más íntimos, atendidos por sus dueños” porque eso se puede saborear en los platos, desde los charchazos que le pegó el dueño a su hijo cocinero hasta los abrazos de verdad entre ellos cuando son necesarios.

Ana María, Club Hípico 476

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