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La sabiduría de las viejas cepas

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Algunos hablan de nuevas cepas, pero en realidad hace muchos años que están plantadas en los campos chilenos del sur. Me refiero al Cinsault, al Carignan y al País, esta última con viejísimas parras que en algunos casos sobrepasan con facilidad los 100 años. Un verdadero patrimonio vitivinícola que hace un lustro está dando que hablar, no solo en los medios sino que también en boca de los consumidores.

Pocas veces consideradas para vinos finos, las tres variedades tintas se han transformado en las vedettes, aportando diversidad e innovación en un mercado que se movía lento y que solo hablaba de inversiones y números de planilla excel.
Salvo algunas excepciones, los vinos de País, Carignan y Cinsault, resultan simples, frutales, frescos y ligeros. Se adaptan muy bien a los platos de comida chilena, las prietas, los porotos granados, las humitas y el pastel de choclo, por nombrar algunos.

De hecho, ese rescate, esa mirada más tradicional, ha sido destacada por la prensa extranjera. Santiago acaba de ser elegido como uno de los cinco destinos gastronómicos más recomendados en el mundo para este 2016 por The World ́s 50 Best Restaurants. La elección se apoya en distintos rasgos, como la diversidad geográfica de nuestro país, pero también en su producción de vinos, una característica histórica de Chile, que cuenta con un generalizado reconocimiento mundial.

Uno de los aspectos más interesantes en esta nueva mirada de Chile se relaciona con los inicios de Louis-Antoine Luyt, el productor francés que se encantó con la zona de Cauquenes, en el Maule, y uno de los grandes responsables de poner en órbita a la cepa País. Uva Huasa fue uno de los primeros vinos que se etiquetaron 100% con País, hace ya unos 10 años.

Hoy las viejas parras de País, Carignan y Cinsault, en el secano interior del Maule, Itata y Biobío están teniendo una segunda oportunidad. Los vinos de Luyt y más recientemente pequeños productores independientes, han tenido muy buena acogida en mercados complejos como Francia o Italia y destacados por importadores y medios especializados en Nueva York y San Francisco.

El Carignan tiene incluso una agrupación: Vigno o asociación de “vignadores” del Carignan, un grupo de viñas que buscan darle el prestigio que se merece la variedad. Las etiquetas de las botellas llevan destacada la palabra Vigno (ver Lapostolle y De Martino, parte de los vinos degustados para este reportaje) pero no es solo un tema de diseño.

Quienes pertenecen a Vigno deben comprometerse a usar solo uvas que provengan de una zona geográfica delimitada, de parras de Carignan que tengan un mínimo de 30 años y los vinos deben tener al menos un 65% de la variedad, entre otras normas.

La cantidad de hectáreas plantadas tanto de Carignan como de Cinsault apenas supera el 1% del total de viñedos del
país, pero los vinos ya han dejado una marca importante en el rescate de la identidad, origen y sentido que tiene Chile como productor mundial de vinos.

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